Día 23: de POUHASAARENTIE (Finlandia) a SULKAVA (FINLANDIA) Ida/Vuelta


46Km. - VER RUTA

Cuando estaba amaneciendo, antes de las cinco de la madrugada, un fuerte ruido en el porche nos despertó sobresaltados. Debo admitir que no estamos acostumbrados a estar tan aislados de la civilización por lo que, bastante asustado, me dirigí a la ventana para ver qué o quién había dado aquel golpe. Con alivio descubrí que se trataba de una enorme gaviota devorando una salchicha que se nos había olvidado junto a la barbacoa.

Me volví a la cama y la noche continuó sin sobresaltos. Ya por la mañana planificamos el día sabiendo que pasaríamos en la cabaña una noche más. 

Volvimos a darnos un gran paseo en barca, atreviéndonos a llegar hasta una isla en mitad del lago, poblada únicamente por cabras. Nuestra osadía no nos llegó para desembarcar y al primer movimiento raro de los animales dimos media vuelta y nos volvimos por el mismo camino. 




PISCINA SULKAVA
PISCINA SULKAVA
Tras comer algo para reponer fuerzas, nos montamos en el coche y nos fuimos al cercano pueblo de Sulkava donde dimos un paseo y nos bañamos en una piscina natural instalada sobre el río. 

El lugar estaba perfectamente acondicionado, con duchas, vestuarios, sauna y parque infantil y nos costó un mundo sacar a Manuel de allí.







YATE EN EL LAGO
Antes de volver a la cabaña nos aventuramos por un camino de tierra que cruzaba a la isla de Pouhasaari y descubrimos una urbanización de lujo con un gran yate atracado en el muelle. 

No había ni un sólo coche cerca por lo que imaginamos que todo el mundo iba hasta allí en barco, ya que la multitud de lagos, ríos y canales que hay en aquella zona del país, permiten la comunicación acuática con el mar Báltico e incluso con Rusia hasta el lago Ladoga.


De vuelta a la cabaña, no podía desaprovechar la oportunidad de disfrutar de una auténtica sauna finlandesa de leña, así que recogí unos troncos que había apilados en el cobertizo exterior y encendí la caldera. 

Seguí las instrucciones que leí en intenet y entré en la sauna cuando el termómetro marcaba los ochenta grados. El golpe de calor fue brutal y la sensación de ahogo cuando volqué un cazo de agua sobre las rocas parecía inaguantable, pero poco a poco fui relajándome y al final disfruté mucho de la experiencia. Tal y como manda la tradición para acabar el ritual, salí corriendo de la sauna  y me lancé directamente al lago.

Terminamos el día otra vez sentados en el porche, un poco apenados porque al día siguiente nos teníamos que ir, habíamos disfrutado tanto de aquellos dos días que se nos habían quedado cortos, pero guardamos las coordenadas por si algún día podemos volver.