252 Kilómetros - VER MAPA DE RUTA
Una de las cosas que más nos sorprendía cada día que pasaba, es que a medida que íbamos avanzando en nuestro viaje, las noches se iban haciendo cada vez más cortas y el amanecer aquel día, al norte de Lituania, nos sorprendió antes de las cinco de la mañana. Eso, unido a que el gran ventanal de la habitación no tenía ni persianas ni cortinas, provocó que a las ocho estuviésemos los tres listos para salir.
Aprovechamos para ordenar un poco la ropa y colocar las cosas del maletero mientras Manuel jugaba un rato en el jardín con un balón y a las nueve partimos hacia Letonia.
En un principio teníamos pensado desviarnos para visitar la famosa Colina de las Cruces, pero tras ver fotos en internet, nos pareció un tanto tétrico, más aún para llevar a un niño. (PINCHA AQUÍ PARA VERLAS)
La siguiente parada era Riga, capital de Letonia y hemos de decir que el trayecto fue de todo menos aburrido. En los países de aquella zona de Europa, es costumbre que en las carreteras con un carril por sentido de la conducción, los vehículos circulen bien pegados al margen derecho de la calzada, incluso llegando a ir por el arcén. La razón la podéis imaginar: el hueco central que queda libre en la carretera se convierte en un carril de adelantamiento para ambos sentidos.
En un primer momento nos quedamos asombrados con esta práctica y estuvimos un buen rato detrás de un camión si atrevernos a adelantar, pero al final nos decidimos y empezamos a conducir como unos letones más.
En un primer momento nos quedamos asombrados con esta práctica y estuvimos un buen rato detrás de un camión si atrevernos a adelantar, pero al final nos decidimos y empezamos a conducir como unos letones más.
Como el tiempo iba mejorando a medida que pasaba el día, pensamos que a Manuel le gustaría darse un chapuzón antes de visitar otra ciudad, por lo que desviamos la ruta hacia Jurmala, conocida como la playa de Riga. El navegador nos jugó esta vez una mala pasada y nos metió por un camino de cabras con la supuesta intención de ahorrarnos tiempo, pero terminamos tardando mucho más.
Llegamos a la playa y fuimos directos a beber algo al primer chiringuito que encontramos. Junto a él, había una especie de parque-ludoteca instalada junto a una carpa y eso para unos padres estresados tras conducir cuarenta kilómetros por pistas de tierra, fue un regalo caído del cielo.
Manuel se fue corriendo a jugar con los bloques de construcción y nosotros aprovechamos para tomarnos una cerveza y comer algo con vistas al mar Báltico.
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| PARQUE EN LA PLAYA JURMALA |
Manuel se fue corriendo a jugar con los bloques de construcción y nosotros aprovechamos para tomarnos una cerveza y comer algo con vistas al mar Báltico.
Cuando Manuel dio por finalizada la hora del juego, nos instalamos sobre la arena de la playa, le vestimos con su neopreno comprado para la ocasión y nos fuimos al mar. Lo cierto es que esperábamos el agua mucho más fría y su temperatura nos recordó al Cantábrico, apenas había olas y había poca gente aunque la playa era inmensa, así que pudimos correr, jugar a salpicar e incluso zambullirnos sin peligro alguno. Lo que si nos decepcionó un poco es el color ferroso del agua en comparación con la arena casi blanca.
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| JURMALA |
El tiempo se nos pasó volando y cuando conseguimos a sacar a Manuel del agua ya íbamos tarde sobre el horario previsto. Habíamos alquilado para esa noche un apartamento "cerca" del casco antiguo de la ciudad y el dueño nos aconsejó ir andando, gran error; lo que el nos comentó que eran quince o veinte minutos fueron cuarenta y cinco empujando la silla y los diecisiete kilos de Manuel.
Hicimos unas pocas fotos en el camino y viendo que la noche se nos echaba encima paramos a cenar en una terraza en el parque Esplanāde, junto a la Catedral de la Natividad de Cristo y el Museo Nacional de Arte.
Hicimos unas pocas fotos en el camino y viendo que la noche se nos echaba encima paramos a cenar en una terraza en el parque Esplanāde, junto a la Catedral de la Natividad de Cristo y el Museo Nacional de Arte.
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| ST. ALEXANDER NEVSKY |
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| CATEDRAL NATIVIDAD DE CRISTO |
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| MUSEO NACIONAL DE ARTE |
Mientras nos servían el postre, anocheció por completo y un viento gélido nos urgió a recogernos con la pena de no haber podido contemplar el casco antiguo de la ciudad. Hicimos la vuelta en taxi, y como el conductor pensó que éramos italianos, buscó la canción Felicitá de Albano para ponérnosla; nos pareció que sería de mala educación corregirle. Al final fueron tres euros de carrera que sabiéndolo antes, nos hubieran ahorrado más de un sofocón.





