177 Kilómetros. Ver ruta.
Cuando empezamos a trazar la ruta del viaje, Polonia fue uno de nuestros quebraderos de cabeza. Teníamos claro que debíamos pasar por Cracovia, pero también queríamos ver Breslavia, Varsovia o Gdansk. Como tantas otras veces no teníamos tiempo para visitar todas, así que elegimos Cracovia y Varsovia, dejando el resto para un futuro viaje.
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| OSTRAVA |
Como comentábamos en la entrada anterior, el desayuno del hotel de Ostrava fue magnífico y eso siempre ayuda a encarar el día con buen humor. Salimos con dirección a Polonia temprano y esta vez elegimos autopista, sabíamos que Cracovia era una ciudad con muchas cosas que ver y a pesar de tener solo un día, queríamos aprovecharlo al máximo. Por fin tuvimos un viaje sin obras ni sobresaltos y poco después de mediodía estábamos en la puerta del hotel, que en realidad era una residencia de estudiantes que en verano reutilizan para dar alojamiento barato a los turistas.
Dejamos las maletas en el cuarto y rápidamente nos fuimos a la parada del autobús para llegar al centro. Las instrucciones de la recepcionista no fueron las mejores y el autobús nos dejó lejos de la plaza del Mercado, tanto, que nadie sabía darnos indicaciones de cómo llegar.
Tras una larga ruta a pie por barrios periféricos empujando la silla de Manuel y con un calor sevillano, al fin atisbamos la ciudad vieja. Cracovia no llegó a enamorarnos como había pasado con Praga; quizá fue ese calor agobiante, quizá fueron los miles de turistas que visitaban ese día la ciudad, pero tampoco ayudó la insana costumbre que tienen los bares de la plaza del Mercado de cobrarte por utilizar el baño, a pesar de que la consumición ya es tres veces mas cara que en el resto de la ciudad.
Tras una larga ruta a pie por barrios periféricos empujando la silla de Manuel y con un calor sevillano, al fin atisbamos la ciudad vieja. Cracovia no llegó a enamorarnos como había pasado con Praga; quizá fue ese calor agobiante, quizá fueron los miles de turistas que visitaban ese día la ciudad, pero tampoco ayudó la insana costumbre que tienen los bares de la plaza del Mercado de cobrarte por utilizar el baño, a pesar de que la consumición ya es tres veces mas cara que en el resto de la ciudad.
Pero fuera de impresiones personales, la ciudad es preciosa y su famosa plaza, una de las más impresionantes que hemos visto nunca. Estuvimos paseando alrededor del mercado contemplando la basílica de Santa María y La torre del antiguo ayuntamiento con su escultura de cabeza decapitada mientras Manuel jugaba de nuevo con las pompas de un artista callejero.
El calor seguía siendo agobiante así que buscamos refugio en el interior del mercado y nos encontramos con decenas de puestos que vendían recuerdos de la ciudad y todo tipo de abalorios de plata. Tras comprar un nuevo imán para nuestra colección decidimos darnos un respiro en una terraza y fue entonces cuando descubrimos que seguían la tradición de cobrar a los clientes por el uso del baño. No era la primera vez que nos encontrábamos con algo similar, en muchos lugares hay una señora que se encarga de mantener limpio el baño y hay que darle una propina por usarlo, pero allí el pago era únicamente por entrar, y la entrada al cambio salía a un euro por persona. Nos sentó tan mal que nos fuimos a la terraza de enfrente. Y al final fue un acierto, el bar estaba situado en una increíble galería comercial que había respetado las paredes del antiguo edificio y parecía un auténtico palacio.
El calor seguía siendo agobiante así que buscamos refugio en el interior del mercado y nos encontramos con decenas de puestos que vendían recuerdos de la ciudad y todo tipo de abalorios de plata. Tras comprar un nuevo imán para nuestra colección decidimos darnos un respiro en una terraza y fue entonces cuando descubrimos que seguían la tradición de cobrar a los clientes por el uso del baño. No era la primera vez que nos encontrábamos con algo similar, en muchos lugares hay una señora que se encarga de mantener limpio el baño y hay que darle una propina por usarlo, pero allí el pago era únicamente por entrar, y la entrada al cambio salía a un euro por persona. Nos sentó tan mal que nos fuimos a la terraza de enfrente. Y al final fue un acierto, el bar estaba situado en una increíble galería comercial que había respetado las paredes del antiguo edificio y parecía un auténtico palacio.
La noche se nos echaba encima y no podíamos irnos sin ver el castillo de Wawel así que apuramos las cervezas y con paso ligero nos dirigimos allí. El castillo y la catedral nos encantaron, poseen una belleza distinta a la que nosotros estamos acostumbrados a contemplar en estos edificios y estuvimos un buen rato ensimismados observando cada detalle.
Manuel aguantó toda la visita sentado en la silla, con la promesa de que al acabar iríamos a ver la escultura del dragón que hay junto al castillo, así que justo antes de que anocheciera, bajamos hacia la orilla del Vístula. Su cara al ver cómo el dragón soltaba fuego por la boca fue, sin duda, el mejor momento del día.
Manuel aguantó toda la visita sentado en la silla, con la promesa de que al acabar iríamos a ver la escultura del dragón que hay junto al castillo, así que justo antes de que anocheciera, bajamos hacia la orilla del Vístula. Su cara al ver cómo el dragón soltaba fuego por la boca fue, sin duda, el mejor momento del día.










