DÍA 26: De KITTILÄ (FINLANDIA) a SKAIDI (Noruega)




Nuestro tiempo en Finlandia tocaba a su fin; habían sido unos días maravillosos y aunque Noe era reacia a abandonar su país soñado, era el momento de seguir hacia el norte y conocer otros lugares.

CARRETERA DE LAPONIA
La carretera E8, paralela a la frontera con Suecia, discurría entre un sin fin de lagos e inmensos bosques que albergaban una reserva de renos; pronto encontramos en nuestro camino algunos despistados que paseaban tranquilamente por el asfalto.

Cuando llegamos a la localidad de Hetta, una de las últimas antes de la frontera con Noruega, paramos en un supermercado a reciclar todas las latas que habíamos guardado. En la entrada de muchos supermercados de los países nórdicos, tienen instaladas unas máquinas que te pagan por cada envase (latas o botellas de plástico) que introduces en su interior. Cuando acabas, pulsas un botón y la máquina imprime un ticket con el total del dinero que has ganado: puedes gastarlo en el supermercado o bien pedir en caja que te abonen el efectivo. Todo un invento para promover el reciclaje, bien podrían copiarlo en nuestras latitudes.

PLAYA CERCA DE HETTA
Tras comer algo ligero en un bar cercano y aprovechando el magnífico tiempo que nos volvía a acompañar en Laponia, fuimos hasta un embarcadero en el lago. El lugar no estaba preparado para el baño, pero gracias a las indicaciones de unos lugareños, dimos con una increíble playa escondida tras el bosque. Manuel y yo pasamos un buen rato jugando en el agua y haciendo castillos en la arena, mientras Noe disfrutaba de los últimos rayos de sol de Finlandia.

Se nos pasó el tiempo volando y cuando quisimos recoger ya íbamos, como casi siempre, tarde. Cuando llegamos a la frontera con Noruega,  no había más que una pequeña garita y un policía solitario que nos preguntó dónde nos dirigíamos. Apenas escuchó nuestra respuesta y se limitó a indicarnos con el brazo que siguiéramos.

PAISAJE NORUEGO
El paisaje fue cambiando poco a poco y los árboles desaparecieron de las rectas infinitas dejando paso a pequeños arbustos, pero los ríos y los lagos seguían siendo tan espectaculares como los del país vecino. Pero si algo nos llamó la atención fue la inmensa soledad que nos acompañaba: rara vez nos encontrábamos con algún coche y los pocos que nos cruzábamos eran de matrícula extranjera.



RENOS EN LA CARRETERA
Pero a falta de personas, había renos por todos lados. Íbamos con los ojos pegados al parabrisas buscando su silueta en la carretera para poder aminorar y esquivarlos. Habíamos leído que muchos turistas habían tenido percances con estos animales y lo cierto es que hay momentos que no sabes por dónde te van a salir.


Estábamos muy cansados de conducir así que buscamos un hotel que estuviese cerca de la ruta y elegimos uno en mitad de la nada, en un lugar llamado Skaidi. El pueblo, si puede llamársele así, estaba compuesto únicamente de dos hoteles y dos gasolineras construidos en un cruce de carreteras. Pero por suerte el hotel estaba genial y ese día era lo único que necesitábamos. Era ya tarde para las costumbres europeas por lo que los huéspedes ya estaban todos en sus habitaciones y pudimos disfrutar de la piscina climatizada entera para nosotros.


Después bajamos a hacer unas fotos desde la terraza del hall y saboreamos unas tartas deliciosas que junto al café y los zumos ofrecían gratuitamente a los clientes. Eso nos sirvió de cena y agotados nos fuimos a dormir: el día siguiente sería el más largo de todo el viaje.